Después de 9 años de noviazgo, en 2016, ya habíamos dado un paso más yéndonos a vivir juntos, fue desde entonces cuando cualquier salida, cualquier cena o viaje, era la excusa perfecta para que me pidiese Javi la mano. Tal que así, cada vez que me veía envuelta en una de esas situaciones me ponía muy nerviosa.

Llegado el verano, en el mes de junio nos fuimos de viaje a las Islas Canarias, ya estuvimos las vacaciones pasadas en Las Palmas, y que recuerdos tan bonitos teníamos, que viaje, inolvidable, así que íbamos con muchas ganas a conocer Lanzarote. Esta vez, iba a ser un viaje exprés, pues sólo eran 3 días, y que me iba yo a imaginar que iría de vuelta prometida.

Al segundo día de disfrutar de Lanzarote, de sus playas, relajándonos en el precioso hotel Meliá Salinas, Javi que es muy detallista y romántico me dijo que había reservado un masaje para dos en el spa del hotel, así que caída la tarde, los dos con nuestros albornoces nos dirigimos al que ha sido uno de los mejores masajes que nos han dado, sin saber que a mi lado entre miradas y risas estaría mi futuro prometido.

Allí mismo nos esperaba un jacuzzi privado, una botella de champán, y unos bombones de chocolate. A esto, yo aún no me olía nada raro, porque en otras ocasiones tiene esos detalles conmigo y que tanto me gustan de él, pues hace que me sienta muy amada.

La noche se presagiaba tranquila y relajada sin esperar lo que después vendría. Nos preparamos para ir a cenar, vistiéndonos veía que él iba muy arregladito con su camisa, muy bien peinado, y claro yo iba con un body muy mono, mis vaqueros y unos tacones, pero no acorde para la ocasión. Entonces me dijo que porque no me cambiaba y me ponía más arreglada, y yo pensé si total no vamos a salir del hotel y así voy bien, pero me insistió un poco y cualquiera no le hacía caso con lo que me tenía preparado.

Me puse un vestido negro largo que me encanta con mis tacones y allá que iba yo muy decidida para el restaurante del hotel cuando a esto que me dice Javi “espera que voy a preguntar una cosa en recepción”. La recepcionista tan amable y simpática como si nos conociera de toda la vida, nos entrega una tarjeta especial para acceder a una zona privada del hotel y nos da la bienvenida entre un camino de velas que se abría en un bonito jardín atardeciendo. Yo no me lo podía creer, era una zona del hotel más reservada, preciosa, con su decoración tailandesa, su piscina de agua desbordante, y una mesa preparada para dos decorada con velitas, pétalos y atención sólo para nosotros.

Aún cuando vi aquello no me imaginaba ni por asomo que me pediría la mano, pues como él me dijo que sería en nuestra ciudad, esa frase se me había grabado a fuego en la mente y yo iba tranquila a disfrutar de una cena maravillosa con mi ¨gordi¨ (como yo poco original lo llamo).
El camarero encantador nos servía un vino riquísimo que iba acompañado de varios platos de un menú exquisito, en el que no faltó el foie, que Javi sabe que es otra de mis perdiciones. La velada fue increíble, todo era perfecto, y se creaba un ambiente cada vez más romántico con caricias a la luz de las velas.

Fue entonces cuando llegó la hora del postre y apareció media esfera de chocolate que escondía algo en su interior, en ese mismo instante que posaba los platos sobre la mesa, como por arte de magia no me lo podía creer una sonrisa nerviosa en su cara y una melodía a violín que comencé a oír detrás mía. El tango Por una Cabeza de Carlos Gardel, que tanto nos gusta, era interpretado por una violinista, haciendo de aquel lugar un sueño, de aquel instante un recuerdo inolvidable y emocionante.

Javi me hacía señas para que mirase en mi postre, ahí debajo de esa media luna de chocolate había una cajita, impactada por la situación me llevaba las manos a la cara mientras él a mi lado se agachaba y apoyado sobre una rodilla me recitaba unas palabras que muy a conciencia se había preparado. Los dos con un nudo en la garganta de tanta emoción y con lágrimas en los ojos asentía con la cabeza y le decía vergonzosamente un SI QUIERO.

Inmersa en lo que a mí me parecía un sueño fuimos a celebrarlo con botella de champán y rosas, y es que ese 17 de junio de 2016, fecha en la que hacíamos 10 años de habernos conocido, comenzaba nuestra aventura y me iba a la cama siendo la prometida de mi chico, el que un año después se convertiría en mi marido.

Cómo veréis las fotos de nuestro día especial no son de gran calidad, fue un momento íntimo que no pensábamos ni retratar, pero que he podido rescatar para poder compartirlas con vosotros.
Fue por ello que quisimos hacernos una foto simulando la pedida de mano en nuestra sesión de pre-boda, y en ella no pudo faltar nuestro bebé perruno Chloe.

Foto Realizada por Sweet Studio

                                                       Foto realizada por Sweet Studio

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