José M. y yo, nos conocimos hace 11 años, hace 11 Carnavales…

El destino nos quiso juntar en una de nuestras fechas preferidas, Los Carnavales. Él salía en una comparsa llamada “La Chulería”, yo, aficionada al carnaval, acudía a ver los ensayos con mis amigas. Ese año, la agrupación concursaba en el Concurso de Agrupaciones Carnavalescas de Huelva y ese día sería clave para nosotros. Yo iba de figurante en la comparsa. Los chicos eran Chulos de Madrid, y nosotras, las chulapas. De esta manera, el destino nos tenía a los dos muy cerca, para que surgiera cualquier cosa. El 2 de febrero de 2007, fue la actuación en Huelva y después de la misma, toda la comparsa y los figurantes nos quedamos en Huelva para salir esa noche. Fue inolvidable para los dos, esa noche comenzó todo.

Este verano nos fuimos de viaje junto a otras dos parejas de amigos, por Italia, visitaríamos Roma, Florencia, Venecia y algunos pueblos de la Toscana.

Nuestra primera parada era Roma, después iríamos a  una de mis ciudades favoritas, Florencia. Yo ya había estado en ambos lugares y estaba deseosa de llegar a Florencia porque sabía que a mi novio le encantaría, tanto como a mí. Solo pasear por sus calles ya es lo más romántico que puedes hacer.

Cuando llegamos a Florencia, fuimos a conocer la ciudad,  me lamenté por no haber llevado un candado para dejar colocado en una de las zonas del mismo. Pero ya no podíamos hacer nada… al caer la tarde nos acercamos al puente Vecchio, para ver el atardecer. De camino, José M. me insistía todo el tiempo en que nos alejáramos de los demás y nos adelantáramos solos, yo sin saber el porqué, le decía que no, que esperáramos a todos, y él no paraba de insistir (claro está, necesitaban estar solos para preparase…). Finalmente, no sé cómo, los demás desaparecieron por un momento y nos pusimos a conversar apoyados en el muro del puente, mirando la puesta de sol, que por cierto era preciosa. De repente sacó un candado, me dijo que lo había tenido escondido para darme una sorpresa, pero mi gran sorpresa llegó cuando al girarnos para ponerlo, nuestros amigos estaban ahí, parados, y con unas camisetas puestas en las que se leía, ¿QUIERES CASARTE CONMIGO?

Madre mía, no podía creérmelo, inmediatamente comencé a llorar y a reírme a la vez, nerviosa por completo. Y por supuesto le dije que SI. No era la única que estaba nerviosa, él también, tanto que se olvidó de darme el anillo y cuando pasaron unos minutos, se arrodilló a mi lado y me lo puso.

Lo recuerdo con mucha emoción, fue una día inolvidable, una pedida inolvidable y en un lugar inolvidable. No pudo elegir mejor sitio para pedirme matrimonio, aunque, la verdad, le hubiera dicho que sí en cualquier lugar del mundo.